Aunque no es el deporte nacional en todos los países, el futbol es el deporte más popular de la tierra. Obviamente yo no he estado en todo el mundo, pero en los lugares más pequeños a los que he ido he visto siempre un templo y una cancha de futbol, observación corroborada con amigos que han viajado mucho más que yo. Tal vez la popularidad de este deporte se deba a que refleja caros anhelos del ser humano como la libertad, pues el juego está hecho para que cada jugador desarrolle en forma libre los movimientos que le dicte su imaginación, o la igualdad, ya que para jugar un partido solo se requiere de algunos compañeros (de preferencia en número par), dos pares de piedras, mochilas, suéteres, botes, o cualquier objeto que pueda delimitar la portería, y por supuesto, una pelota.
México es uno de los muchos países en los que el futbol sí es el deporte más importante, y su importancia muchas veces rebasa lo deportivo. En este país es común ver que la noticia más importante del día, y que los diálogos de la personas en cafés, escuelas, bares u oficinas versen sobre futbol. Conozco niños que llevan por nombre de pila el apellido del ídolo futbolístico de su madre, o incluso del equipo favorito del papá. En mi tierra, un equipo con paso efímero por la Primera División demostró que puede crear un sentido de comunidad en una región dividida por una frontera, y aunque no se hable mucho de ello, por prejuicios y desconfianzas de toda clase.
La relación de esta nación con la historia del futbol es muy cercana. México fue el primer país en albergar dos Copas del Mundo, y en ellas se vivieron momentos que hasta hoy se consideran clásicos dentro del balompié: La atajada de Gordon Banks a Pelé, “el gol que no fue” también de Pelé y la exhibición del jogo bonito por excelencia brindada por el scratch du oro en la final contra Italia son grandes recuerdos hasta para quienes no los vivimos. Las actuaciones de Diego Maradonna en el Mundial del ’86, manchadas por la trampa, pero coronadas por el gol más maravilloso (ambos curiosamente en el mismo partido) forman las primeras memorias futboleras de mi generación.
En el otro aspecto, el económico, el aporte de los mexicanos no es menos. Hordas aztecas invaden cada año la sede del evento futbolístico en el que participa su selección y sus clubes. El despliegue de medios mexicanos es también uno de los más importantes dentro del evento. La audiencia televisiva es de decenas de millones de personas. Dentro del territorio nacional, la liga mexicana es arropada por el pueblo de una forma sólo comparable con la iglesia católica. A pesar de la ausencia de la gente en algunos de los estadios, la liga mexicana de Futbol es una industria de gran peso para la economía nacional que por sí sola logra la circulación de grandes cantidades de dinero y aporta su grano de arena en la generación de empleos directos e indirectos.
Pero la simbiosis entre México y el futbol no es perfecta, es una relación en la que ninguno de los implicados ha dado a su contraparte todo lo que debería. México no genera figuras que el futbol mundial necesita para colocar en el escaparate de los ídolos. Ningún club mexicano ha alcanzado un nivel de juego que lo pueda rosar con los grandes. Y no hablemos de la Selección, que salvo por el Mundial jugado en casa en el ’86 y tal vez la Copa América del ’93, no ha animado nunca ningún torneo importante. En el otro sentido es igual, sobre todo en torneos sudamericanos, los representantes mexicanos reciben trato de segunda y no pocas veces han caído por decisiones dudosas de algún silvante (ejem. El partido de 4tos de final de México ’86). En la propia liga mexicana el futbol no regresa a sus aficionados el espectáculo y el nivel de juego que un pueblo tan entregado merecería, aunque hay que decirlo, que tampoco sabe exigir. Quizás la deuda más importante del futbol para con este país es el no haber generado oportunidades auténticas para que los jóvenes mexicanos se desarrollen y se realicen a través de él. Pero dicen que toda crisis representa una oportunidad, y en este momento México y el futbol tienen la gran oportunidad de saldar sus respectivas deudas.
Hoy vivimos una crisis social de proporciones que pocos nos imaginamos que veríamos, sin temor a ser exagerado diría que vivimos una tragedia. Ya perdimos de hecho a una generación de mexicanos, son pocos los muchachos de entre 17 y 25 años caídos en la desgracia de las adicciones y de la delincuencia a los que podremos rescatar, pero más grave aún es que detrás de ellos vienen sus hermanos pequeños o sus hijos que enfrentan el mismo panorama gris, pero que además traen consigo una carga de odio y frustraciones aun mayores y que los vuelven más peligrosos.
Hay muchos otros jóvenes más “afortunados” que no enfrentan a la pobreza, pero cargan con una gran pereza. Ellos también son una potencial carga para el país, sus eventuales problemas de salud relacionados con la falta de actividad física se proyectan como uno de los grandes problemas de salud pública que muy pronto mermarán nuestras finanzas públicas, nuestra fuerza laboral y la vitalidad de nuestro pueblo.
En general México vive un proceso de desconexión social que se manifiesta desde la familia como núcleo básico y llega hasta los grupos sociales más amplios. Es importante rescatar la unión familiar y generar cohesión en la sociedad, es la única forma en la que podremos, no sólo salir de este problema, sino alcanzar niveles deseables de desarrollo para México.
La receta no es nueva, muchos países utilizan sus sistemas escolares para masificar la práctica del deporte de una forma organizada, lo que los ha colocado en la élite mundial. En los Estados Unidos esto se ha hecho en coordinación con ligas profesionales con los resultados deportivos y económicos que todos tenemos a la vista. Los ingredientes están ahí, la población juvenil e infantil de México es muy numerosa y está en riesgo. El futbol tiene un poder de convocatoria único y genera los recursos para allegarse de estos jóvenes y desarrollar en torno a ellos un proyecto formativo que los ayude a generar capacidades en diferentes áreas, además de inculcarles disciplina, buenos hábitos, valores y, ¿por qué no?, hacerlos soñar con grandes triunfos.